domingo, 28 de abril de 2013

nido de malicia, etc.


Espoleó también su cabalgadura, y cuando estuvo junto a mí se entretuve lanzando al aire mañanero las imprecaciones celebérrimas del Alighieri contra la ciudad que lo había desterrado.

-¡Nido de malicia-gritó-, mala selva, ciudad de avaricia y de orgullo, ingrata, inestable, planta del Demonio!

Y levantando más la voz todavía:

-¡Zorro inmundo, loca, mujer ebria de ira, oveja sarnosa que infecta al rebaño!

                “Bomarzo”, Manuel Mujica Lainez

sábado, 27 de abril de 2013

O cuando todas las noches... todos los muertos se emborrachan...


O cuando todas las noches –por pereza, por avaricia- volvía a soñar el mismo sueño: un camino color ceniza, llano, que corre a andadura de río entre dos muros más altos que la estatura de un hombre; luego se quiebra, se precipita en el vacío. Al asomarse a este punto desde una balaustrada de piedra volcánica, no desprende rumor o claridad alguno, pero me sorprende una frescura de pozo, y con ella el éxtasis de que sólo un irrisorio peaje acabe por separarme… ¿de qué? No me cansaba de preguntármelo, sin que bastara, no obstante, la impaciencia para despertarme; por el contrario, en un estado de desdoblada vitalidad, cada vez más arrebujado dentro de las maternas mucosas de las sábanas, y no por ello menos suelto y elástico, comenzaba a introducirme de gruta en gruta, teniendo por único asidero unos matorrales de yerbajos y algunas rocas resquebrajadizas, hasta el fondo del embudo, donde, entre paredes de cantera, crecían confusamente unos árboles (de los árboles sólo alcanzaba a soñar los nombres, y he tardado en aprender a incorporar las formas a los nombres).
                 Inicio de “Perorata del apestado”, Gesualdo Bufalino




Todos los muertos se emborrachan con la vieja y fría lluvia

En el extraño cementerio de Lofoten

El reloj del deshielo hace tic tac en la lontananza

Hasta el corazón de los pobres ataúdes de Lofoten

Y gracias a los agujeros abiertos por la negra primavera

Los cuervos se ceban con fría carne humana

Y gracias al tenue sonido de la voz de un niño

El sueño es dulce para los muertos en Lofoten

Probablemente no veré jamás

Ni el mar, ni las tumbas de Lofoten

Y sin embargo están en mí, como nunca,

Este lejano rincón de tierra y todas sus penas

Vosotros desaparecidos, vosotros suicidas, vosotros lejanos

al extraño cementerio de Lofoten

- El nombre resuena en mis oídos - tan lejano, tan dulce.

Dime, en verdad: ¿ duermes, duermes?

Podrías contarme cosas mucho más divertidas

Mirífica claridad, de la que mi copita de plata esté llena

De las historias más encantadoras y menos locas

Déjame tranquilo con tu Lofoten

Hace buen tiempo. En el fogón dulcemente se pasa

La voz del más melancólico entre los meses

¡Ah! Los muertos, incluso ahí los de Lofoten

Los muertos, en el fondo los muertos están menos muertos que yo.
 
                                       Milosz

domingo, 21 de abril de 2013

ecos a las esperas que lo asedian, poco fiable el papel

Es Helene Hanff quien, en un diario anexo a su inolvidable 84 Charing Cross Road, exclama: “Mi problema es que, mientras que otros leen cincuenta libros, yo leo un libro cincuenta veces”. El lector es cualquier persona que busque en los libros, confusamente o con determinación, respuestas a las preguntas que se plantea y a las que no se plantea, ecos a las esperas que lo asedian.
                La sabiduría del editor, Hubert Nyssen
 
Rogelio Segundo de Sicilia, que, hacia 1102, mandó volver a transcribir en pergamino las actas oficiales “porque habían sido redactadas en papel”, considerado poco fiable y muy perecedero, como nos explicó Pierre Aubé.
                La sabiduría del editor, Hubert Nyssen
 
Goliarda Sapienza

sábado, 20 de abril de 2013

Porque cada uno se gasta su dinero en lo que le da más placer, mercancía

¿Por qué considera peligrosa la edición digital?
Por la misma razón que los aficionados a los vinos aprecian más el Cháteau Mouton en su botella que el cháteau-carton en su práctico envase. Por igual razón que mis amigos preferían el caldo de buey que hacía en su casa Marlene Dietrich a las pastillas que disolvá en el agua Marilyn Monroe. Porque cada uno se gasta su dinero en lo que le da más placer. Y a mí me gusta el papel, y ls librerías, y los encuadernadores y el oficio de impresor. Cuando uno deja de ir al mercado deja de pertenecer al pueblo.
                De la entrevista de Antonio Fontana a Mauricio Wiesenthal en ABC cultural 20-4-2013.
 
En la calle de la Montagne-Sainte-Geneviéve, en París, o en la calle de Docteur-Fanton, en Arlés, cuando vuelvo de uno de mis dos hogares, me retraso en el escaparate de un vendedor de vinos y me digo a mí mismo que en ese mundo se ha guardado una sangre fría que muchos editores han perdido. Las etiquetas de las botellas están a menudo adornadas con un grabado que evoca los viñedos, pero el caldo y su origen son las primeras informaciones que capta la mirada. Al contrario, en los libros, y por el choque de las imágenes, el nombre del autor y el título son hoy día a menudo menos visibles que sus promesas de ser de excelente calidad. Y cuando abrimos estos libros se confirma la impresión de estar delante de una mercancía…      
 La sabiduría del ditor, Hubert Nyssen

para poner en orden... para poder leer...

En una recopilación reciente (Les idées des autres), Simon Leys exhumaba y subrayaba una frase de Thomas Mann: “Un escritor es un hombre que, más que cualquier otro, es de la opinión que resulta difícil escribir”. En lo que a mí se refiere, a menudo cito las palabras de Blaise Cendrars (en El hombre fulminado): “Escribir es quemarse vivo, pero también es renacer de las cenizas”. Y, más aún, las de León-Paul Fargue, que fueron encontradas un día, traducidas poco tiempo después y nunca recobradas: “Escribo para poner en orden mi sensualidad”. Dos modos de mostrar que la escritura procede de la alquimia: transmutar el plomo en oro, el afecto en palabras. O más aún, para medir la distancia entre el pragmatismo del ambicioso chupatintas y la inquietud del auténtico escritor me acuerdo de la humilde confesión de Claude Roy: “Escribo para poder leer lo que no sabía que iba a escribir”.
                Pg. 36 y 37 “La sabiduría del editor”, Hubert Nyssen

un checheno, un ingush y un daguestaní



Dzhojar Tsarnaev, de apenas 19 años
En su página Facebook, dice hablar ruso y checheno, además de inglés, e indica que su visión del mundo es la del “Islam” y sus prioridades personales son “carrera y dinero”.
Dzhojar sí tenía amigos. Erin Mecado, un joven de Boston, lo definió el viernes como un “buen amigo” y recordó que trabajaba como salvavidas en la universidad de Harvard, en declaraciones a CNN.
Su último post en Vkontakte antes de cometer el atentado era un chista sobre la mala fama que tienen en Rusia los norcaucásicos. En un coche viajan un checheno, un ingush y un daguestaní. La pregunta es quién conduce. La respuesta es la Policía.
El padre de Dzhojar Tsarnáyev, Anzor Tsarnáyev, dice su hijo es "un estudiante de medicina inteligente" y "un verdadero ángel